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AMETS TXURRUKA: EL DINAMITERO DEL TOUR

Ciclismo en Ruta nº 041

ComentarEnviar a un amigoImprimir Textos  José Antonio Díaz  Fotos  Oskar Matxín 

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Ha descubierto el Tour en su segundo año como profesional y, de forma recíproca, la carrera francesa se ha fijado en él, en su forma de correr siempre al ataque, sin guardar pólvora, sin racanear esfuerzos. Por eso la Grande Boucle, por mediación de un jurado presidido por mismísimo Bernard Hinault, le concedió una insignia al valor ciclista, una suerte de condecoración honorífica que le señala como el corredor más combativo de la prueba gala en su edición de 2007.

Si fuese un caballero andante, de esos que pintaban las novelas de caballerías portando brillante armadura y metido siempre en hazañas, el blasón de Amets Txurruka (Markina, Bizkaia, 10 de noviembre de 1982) bien podría estar compuesto por la figura de un caballero, cabalgando gallardo por delante de una jauría de fieros leones. Porque si hay algo que gusta al joven ciclista vizcaíno es la sensación de sentirse un ciclista atacante y no un anónimo funcionario del pedal.

Presente en cuatro escapadas en el pasado Tour, su generosa forma de correr comenzó a hacerse popular ya en la duodécima etapa, MontpellierCastres, valiéndole una mención a su combatividad al final de la etapa. Comenzaban entonces los momentos más dulces de una vida deportiva que comenzó jugando, para vivir luego algún que otro momento negro que a punto estuvo de apartarle de este deporte.
“Empecé a montar en bici a los ocho años, en escuelas de ciclismo, siguiendo el ejemplo de mi hermano, que llegó a correr en aficionados en el Lekeitialde-Sillóniz”, nos dice Amets Txurruka. “Recuerdo que íbamos toda la familia a verle correr y a mí me gustaba aquel ambiente. Y entonces, poco a poco comencé a meterme en este mundillo”. En la habitación que Amets compartía con su hermano, los pósters de Marino Lejarreta, Bugno, Fignon y otros grandes ciclistas del momento ganaban por goleada a los de alguna que otra estrella del rock. Quizás por ello el hermano mayor cambió la bici por la guitarra, mientras que, a consecuencia de una operación de rodilla y a modo casi de compensación, su aita dejó de fumar y comenzó a montar en bicicleta. Entonces, con tres bicicletas en casa y su ama ganada para la causa, la GAC verde con manillar rosa de Amets (con un solo plato y tres coronas) siguió sumando kilómetros e incluso haciéndole ganar alguna carrerita en circuito. Jugando, jugando, Amets fue pasando de categorías hasta llegar al campo amateur, en el que, paradojas, hasta el mismo corredor dudó en poder mantenerse.

PRIMEROS CONTRATIEMPOS
“El Lekeitialde fue mi primer equipo de aficionados. Con él no gané nada, pero hice puestos bonitos. Luego pasé al Olarra, que por entonces era un equipo bastante potente. Estuve con ellos tres años y en la tercera temporada sufrí un grave accidente. Estaba entrenando para la carrera de Berriatua cuando se me cruzó un coche y me estrellé contra él. Me rompí el fémur y hasta que volví a montar en bici pasaron seis meses”. Vino luego un largo periodo de recuperación y con él las dudas. “Mi familia no me presionó para que lo dejara, porque a ellos también les gusta el ciclismo, sino que fui yo el que voluntariamente se alejó un poquito de la bicicleta… Quería seguir saliendo en bici, pero poco a poco, y a medida que me lo fue permitiendo mi rehabilitación”.

Por aquella época Amets ya estaba estudiando y, con no pocos esfuerzos, compaginaba libros y bici. “Al acabar el bachiller -prosigue- cursé un módulo de grado superior (de Plástico y caucho) orientado al mundo de la tecnología. ¿Duro? Sí, claro, hacer compatibles los estudios y la bici requiere sacrificios. Iba a la mañana a clase y, a veces sin comer, me iba a entrenar. Vamos, que no me quedaba ni un minuto libre. Además, por aquel entonces vivía en Vitoria en un piso con otros estudiantes, lo que significaba que además de entrenar y estudiar tenías que hacer la compra, cocinar y limpiar el piso, así que por las noches, a las diez, ya estabas rendido en la cama”.
Después, desde septiembre de 2003 y hasta febrero de 2004, Amets Txurruka se benefició de una beca Erasmus que le permitió seguir sus estudios en Italia. “A mí siempre que ha tirado el viajar, el salir fuera y como me surgió la oportunidad de la beca Erasmus no la desaproveché. Además, aquel fue el año en el que sufrí el accidente y al estar un poco más alejado del ciclismo, pude volcarme más en los estudios. Estuve viviendo en Urbino y como me llevé la bici, fui entrenando poco a poco, sin forzar. A mi retorno a casa, quise volver a competir, pero no encontraba el golpe de pedal. Pensé en dejarlo porque no mejoraba y aunque lograba terminar las carreras, sufría mucho y no podía estar con los de cabeza. Pasé momentos malos. El accidente me estaba pasando factura, aunque por suerte aguanté y ya a finales de temporada noté una mejoría”.

VUELVEN LAS LESIONES
2005 fue un año agridulce para él, ya que si bien recuperó el estado de forma, volvió a sufrir un inoportuno contratiempo. “Sí, aquel año fue muy bueno para mí. Anduve bien, gané dos carreras (en Oteiza y Segura) y en otras muchas estuve adelante, entre los diez primeros. Mantenía una buena regularidad, y ocupaba el liderato del Trofeo Euskaldún hasta que de nuevo tuve mala suerte, ya que me caí en agosto, en la carrera de Llodio, rompiéndome la clavícula y perdiendo finalmente la victoria en el Euskaldún”.
Pese a todo, su buen papel en dicho trofeo hizo que más de un ojeador se fijase en él. “Jon Odrizola me ofreció primero correr en Orbea y Euskaltel me pidió algún informe –cuenta Amets-, pero luego Igor Astarloa y Peio Arroitaonaindia, junto a los organizadores de la Euskal Bizikleta, me dieron la oportunidad firme de pasar al Barloworld y me decanté por este equipo (con sede en Inglaterra, patrocinador sudafricano y directores italianos), porque, como te he dicho antes, a mí me gusta viajar y salir al extranjero”.

En Portugal corrió su primera prueba como profesional, de la que por cierto guarda un buen recuerdo. “La primera carrera que corrí en la máxima categoría fue la Vuelta al Algarve. ¿Miedo? Sí, pero no. Más bien prevención, Yo iba bien, pero me impresionó la velocidad con la que se rodaba en el llano, y la calidad tanto de los ciclistas portugueses como del resto de escuadras participantes, del nivel del Discovery, Gerolsteiner y otras similares. ¿Qué cómo terminé? Bien, físicamente bien, aunque con la velocidad que se llevaba es cierto que algún día las pasé canutas. Mi único recuerdo negativo de aquella carrera fue que un día hizo un frío tremendo, como nunca había pasado antes: tenía las manos heladas hasta el punto de que casi no podía ni frenar ni cambiar, ¡no me respondían!”

APRENDIZAJE ENTRE LOS MEJORES
Aquel su primer año como profesional se concretó en 55 días de carrera que, como asegura el propio ciclista, tuvieron algunos hitos destacados. “Fue un año de aprendizaje, aunque también tuve días buenos. Por ejemplo, recuerdo que hice quinto en el Gran Premio Larziano, que ganó Cunego; anduve disputando el Giro del Trentino; y, ya en casa, en la Euskal Bizikleta el último día de carrera, en la etapa de Arrate, con todos mis amigos animándome en la subida, terminé quinto”.

En esa especie de ONU ciclista que es Barloworld (entonces con corredores de ocho nacionalidades distintas) Txurruka comenzó a aprender el oficio por las carreteras de España, Portugal e Italia. Luego le reclamaron desde Euskaltel y a pesar de otras ofertas, decidió volver a casa. “En Barloworld querían que siguiera y yo estaba contento con ellos, pero en Euskaltel me ofrecieron correr una grande (inicialmente pensábamos en el Giro), aunque entre que sufrí una operación para quitarme un hierro que tenía en el fémur y que Igor González de Galdeano me dijo que me preparase con calma, pues ya planifi qué mi temporada de cara al Tour”.
Fino (56 kilos) y bien rodado, en Vuelta a Rioja y Romandía terminó de ponerse a punto. Luego, nuevo susto, pues una caída en la Euskal Bizikleta le tuvo sin correr hasta el Tour… “Aquel fue un mazazo grande, pues tenía toda la ilusión del mundo y tras aquella caída pensé que me quedaba sin correr el Tour. Lo pasé bastante mal, porque salía a entrenar y no podía del dolor. Paraba, dejaba algún día sin entrenar y volvía a intentarlo. Tenía el aliciente del Tour y por eso me esforcé aún más, porque no me podía descuidar. Lo curioso del caso es que, pasado el tiempo, no sé si finalmente aquel parón me vino bien porque llegué más descansado a la prueba francesa…”

PUNTO DE INFLEXIÓN
Y llegó el tiempo del Tour, la carrera que da y quita. Veintiún días de lucha contra el sufrimiento que para Amets iban a suponer una continua sorpresa. “Descubrir el Tour fue una pasada. Nada más llegar a Londres me impresionaron todas aquellas pruebas médicas que nos hicieron; el gentío que había allí; la plaza llena en la presentación…Mira, hice la etapa prólogo con carne de gallina, asombrado de la multitud (más de un millón de personas) que estaba repartida por todo el recorrido viendo la etapa”. Tras la sorpresa inicial, Amets descubrió el subidón de adrenalina de los primeros días de carrera. “La tensión que hay en el pelotón durante la primera semana del Tour es bestial, mayor que en ninguna otra carrera. Yo tuve la suerte de no caerme e ir pasando bien los días. La primera semana fui ciertamente al límite todos los días; no con el gancho, pero bastante forzado. Tampoco me vi fino cuando llegaron las primeras montañas. En la Colombière me quedé pronto atrás: yo iba parado y la gente me pasaba muy rápido… Por suerte ya en la segunda semana comencé a ir a más. Me encontraba muy bien y eso me dio ánimos. Si te digo la verdad, a la montaña –con todo lo dura que es- no le tenía ningún miedo. Me preocupaban más las etapas llanas de esas que hace viento y se pueden montar abanicos”. Ya por entonces comenzó a quitarle (relativamente) el miedo a esta carrera y a los ogros que la habitan. “Iba en el pelotón, miraba para un lado y allí estaba Vinokurov, Kloden y compañía y yo pensaba que aquello era una pasada… Otro día me metí en una fuga con Rasmussen y otros, que me llevaban a toda pastilla y yo allí, pensando, ¡pero donde voy yo con todos estos!” Y allí y entonces, quizás sin saberlo, Amets Txurruka comenzó a convertirse en un dinamitero, que así llamaban en los sesenta y setenta a los ciclistas que reventaban al pelotón a base de ir todo en día en fuga. “Mi actitud sobre la bicicleta siempre ha sido así: a nada que tengo fuerzas me gusta correr por delante hasta que reviente. Hay que intentarlo y esa era la actitud de mi equipo el Euskaltel: meterse en todas las escapadas buscando una victoria de etapa. Y así, un día probaba uno y al siguiente otro, de tal forma que ese afán por escaparse se nos contagió a todos. ¿Qué si me llamaron pestoso? Sí, si, algún italiano me dijo: “¿dónde vas?, guarda fuerzas que así no llegas a París”. Pero, ¡bah!, yo me decía: aunque no llegue, lo hecho hecho está”. Aunque confiesa que aún le queda mucho por aprender, Txurruka no ve imposible el hecho de poder ganar una etapa en la carrera francesa.
“El Tour es una carrera muy difícil y todavía me faltan algunos años para llegar a conocerla del todo. Eso no impide que crea que algún día pueda ganar una de sus etapas, pero, en fin, antes de poder pensar en eso o en mejorar posiciones en la general, queda un largo aprendizaje: saber llevar la tensión de carrera, colocarse en el pelotón, ser fuerte de cara al aire, leer la carrera, etc. Es cierto que yo este año me he metido en muchas escapadas y me he dejado ver, pero ha sido porque tenía un gran margen de libertad. Para lo otro, para poder estar con los mejores, aún me falta mucho”.

EL TOUR DEL EUSKALTEL
El Euskaltel-Euskadi afrontó el Tour de Francia con el objetivo de la victoria parcial en alguna de las etapas, en especial las de los Pirineos, feudo habitual de algunos de sus mayores logros deportivos. Además de Txurruka, hombres como Haimar Zubeldia o Mikel Astarloza lo intentaron en numerosas fugas, pero la suerte fue esquiva para el luchador equipo vasco, que en varias ocasiones se quedó con la miel en los labios. Un dato ilustra perfectamente la entrega del Euskaltel: fue con diferencia el conjunto cuyos corredores rodaron más tiempo en cabeza por delante del pelotón. De todas formas, además del premio de la combatividad conseguido por Amets y que reconocía la labor de todo el equipo, Euskaltel colocó a dos hombres entre los diez primeros de la general: Zubeldia, quinto, y Astarloza, noveno.

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