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COLOSOS EN EL OLVIDO
Angliru, Dolomitas, il muro di Sormano, Italia, Louis Aimar, Muro de Sormano
ComentarEnviar a un amigoImprimir Textos José Antonio Díaz
1. Introducción2. Más información
Ocurrió el 11 de julio de 1905. Aquella fue la fecha en la que el Tour afrontó su primera etapa montañosa, haciendo que el ciclismo de competición descubriera las rutas que miran al cielo e iniciando, de paso, una competición no declarada por buscar el “cuanto peor, mejor” y “el más difícil todavía”, que hará que, muchos años después, en 1990, el Giro tenga su Mortirolo y en el 98 la Vuelta aterrorice a sus ciclistas con ese moderno coco llamado Angliru…
Agradecimientos a: TURISMO DE COMO Y KITZBÜHEL
Agradecimientos a: NATIONALPARK HOHE TAUERN
Como decíamos, todo empezó el 11 de julio de 1905. Aquel día los ciclistas ascendieron su primera gran cima en una ronda por etapas. Se trató del Ballon d´Alsace, un puerto con suelo de tierra muy bacheado, con tramos pedregosos y zonas en las que había hasta un 10% de desnivel, lo que obligó a los corredores a echar pie a tierra en no pocas ocasiones. No obstante, también hubo quienes realizaron toda la ascensión montados en sus máquinas. Por lo general, estos últimos fueron los precavidos que, a pie de puerto cambiaron sus bicicletas convencionales por otras dotadas de desarrollos más adecuados para la montaña, de 4,50 metros, por ejemplo.
Curiosamente, los seguidores de aquel Tour aseguraron sentirse impresionados por el vivo ritmo con el que los ciclistas ascendieron las primeras rampas del Ballon, a casi 20 km/h. En la cima, Pottier fue el primero por delante de Aucouturier, Trousselier y Cornet, que tuvo la mala suerte de verse obligado a esperar veinte minutos en lo alto del puerto la llegada de su mecánico con la bicicleta de repuesto. Nacía así una nueva época en la historia del ciclismo que el Tour fue alimentando con la adición de nuevos colosos montañeros como los cols de la Chartreuse y, más tarde, los Pirineos.
ITALIA TOMA EJEMPLO
Como vemos, el ciclismo se fue haciendo grande, conquistando espacios épicos gracias a la aparición de la alta montaña. En lo que al Giro se refiere, ésta se desveló a partir de 1937 con la aparición en escena de los Dolomitas. La etapa encargada de hacer el descubrimiento fue la Vittorio Veneto-Merano, en la que se subieron el passo Rolle (1.984 m.) y el passo Costalunga (1.753 m.). Gino Bartali transitó en solitario por la cima de estos dos puertos, adjudicándose también la etapa por delante de Mollo y Generati.
De aquel año en adelante, los Dolomitas se convirtieron en una de las principales señas de identidad del Giro, si bien durante los dos años siguientes se limitaron exclusivamente al passo Rolle y, ya en 1940, aparecieron el escena el Falzarego (2.105 m.) y el Pordoi (2.239 m.), con el omnipresente Bartali destacado en su cima, y portando la maglia rosa Fausto Coppi. Desde entonces hasta nuestros días, cualquier prueba por etapas que se precie incluye en su recorrido al menos un gran puerto de montaña. El listado de “puertos duros” es largo y prolífico (afortunadamente para el espectáculo), pero desgraciadamente proclive a la repetición. Por eso, y a modo de desagravio, nos fijaremos ahora en esos otros puertos duros menos conocidos por la mayoría de los aficionados. Pero, ojo, que hablamos aquí no de los imposibles, ni de caminos de cabras (bueno, a veces sí), sino de puertos que en el pasado fueron transitados por carreras ciclistas profesionales.
TRES GRANDES ASCENSIONES MARROQUÍES
Iniciaremos nuestro particular repaso a los colosos olvidados en la Vuelta a Marruecos, prueba que contó en el pasado con no pocas escaladas desérticas de puertos de montaña de gran dureza, que unían a su longitud el pésimo estado de su firme de tierra, plagado de baches y piedras, y el hecho de carecer totalmente de sombra. Buen ejemplo de ello nos brindan tres cols ubicados en el imponente Atlas marroquí: el Toubkal (4.167 m.), el puerto más alto del norte de África; el col de Tichka (2.260 m.), la carretera más elevada de todo Marruecos, ubicada en un paisaje lunar y siempre barrida por el viento; y el col de Tizi n’Test (2.092 m.), antigua ruta de penetración en el sur marroquí, que muy a menudo, en el invierno, permanece cortada a causa de la nieve. Todos ellos formaron parte (a veces sólo en algún tramo) del recorrido de la Vuelta a Marruecos de los años 30, y fue en uno de ellos en donde el español Mariano Cañardo dio el golpe de mano que le permitió ganar la general de dicha carrera.
Fue el 15 de abril de 1938, en la quinta etapa de la ronda alauita, entre Taroudant y Marrakech. Hasta entonces marchaba de líder el francés Louis Aimar, seguido por el marroquí Roger Chêne y el tunecino Otman, que pronto iban a perder sus posiciones de privilegio merced a la batalla que se desencadenó en el ascenso al puerto de Tizi n´Test. Este coloso montañoso del Atlas, de 35 kilómetros de longitud, brindaba una carretera polvorienta y pedregosa que en aquella jornada se vio abrasada por un sol de justicia. Ya desde la falda del puerto atacaron tres corredores del equipo marroquí: Cultrera, Andrés y Bretonnes, que pasaron juntos por la cima con diez minutos de ventaja sobre su más inmediato perseguidor, el español Cañardo. Éste era un extraordinario descendedor que, jugándose la vida y aprovechándose de mayor experiencia, les alcanzó en la (peligrosísima) bajada, rodando con ellos hasta la meta de Marrakech, donde les ganó la etapa al sprint y de paso consiguió el liderazgo de la prueba, ya que aventajó a Aimar en algo más de 18 minutos.
¡HORROR!: IL "MURO" DI SORMANO....
Italia ofrece otro buen número de durísimas ascensiones olvidadas en el pasado como las de Il Ciocco o el aún más temible Sormano, del que hablaremos ahora. Queriendo endurecer y hacer más selectiva su carrera, a los organizadores del Giro de Lombardia de 1960 no se les ocurrió otra idea mejor que incluir una nueva y durísima ascensión en su recorrido: el Sormano (1.124 m.).
Conocida coloquialmente como “ il muro”, aquella ascensión era lo que en Italia llaman una “mulattiera”, un camino de mulas con un piso bacheado aunque ciclable, que se extendía en una longitud de 2,4 kilómetros. Tenía un desnivel de 300 metros, una pendiente máxima del 23% y una pendiente media del 16%… Vamos, que era un verdadero camino de cabras, un regalo envenenado para los corredores. Un montecillo infernal que descubrió el propio Vicenzo Torriani, que quedó tan prendado de aquella cámara de tortura al aire libre como para incluirla en su carrera desde 1960 hasta 1962, si bien su dureza le hizo caer en desuso, quedando hoy en día reservado a servir como telón de fondo a alguna que otra carrera de mountain-bike. Sea como fuere, y tras no poca polémica con la Comisión Técnica, el “muro” fue incluido en el recorrido de la edición de 1960, que, por vez primera en la historia, superaba los 1.000 metros de altitud. El miedo, o, por decirlo mejor, una elemental precaución se apoderó entonces de los ciclistas, que hicieron cábalas sobre los desarrollos más adecuados.
Así, algunos como Anquetil eligieron un 42x27 y otros como Baldini un exagerado 44x32… La carrera fue tranquila hasta la falda de la Madonna del Ghisallo, donde comenzó la batalla, pasando el primero por su cima Conterno, y Venturelli, seguidos poco después de Stolker, Poulidor y Desmet. En el descenso se reagruparon en cabeza veinticuatro corredores, que llegaron juntos al pie del “muro”, cuya escalada era retransmitida por televisión. Demarró entonces Imerio Massignan, mientras que el belga Daems intentaba no perderlo de vista. La escalada se tornó entonces caótica. Por detrás son muchos los ciclistas que suben a pie, adelantando incluso a los que marchan en bicicleta, mientras que en cabeza de carrera, donde marchan los más fuertes, los coches seguidores, inevitablemente parados en la ruta, forman un tapón que los ciclistas evitan como pueden. Algunos ciclistas caen al suelo, y otros, como Van Looy, se echan la bici a la espalda y tiran cuesta arriba… En la cima es primero Massignan (ha subido a 13 km/h), pero su ventaja no será suficiente como para evitar ser cazado en el descenso por un grupito de siete corredores, con los que llega a meta para disputarse la victoria al sprint, con triunfo para Daems. Pero no, el muro de Sormano, no había respondido a las expectativas de Torriani, que nuevamente vio como su carrera terminaba en un sprint, aunque fuese de dimensiones reducidas. Por ello, queriendo endurecer aún más el Giro de Lombardía de 1961, aumentó su kilometraje hasta los 253 kilómetros e incluyó en el pastel la ascensión del Superghisallo (975 m. de altitud, 9 km. de longitud, pendiente media del 5,4% y máxima del 14%), logrando, ¡por fin!, que ahora sí llegase a meta un corredor casi en solitario: Vito Taccone, escapado en el ascenso al Sormano y ganador en la meta del Estadio de Sinigaglia con tan sólo tres segundos de ventaja sobre Massignan…
La estrecha carretera del Sormano soportará por última vez el paso del Giro de Lombardía en 1962. Entonces, al pie de su subida terrosa trufada de baches, demarrará con fuerza Livio Trapé, mientras otros corredores exhaustos intentan avanzar como pueden: los italianos son remolcados a empujones por el público, mientras que, ¡vergüenza!, los extranjeros son casi frenados… Alcide Cerato avanza terreno casi volando, mientras que Baldini sube (literalmente) sin dar pedales, empujado en ocasiones hasta por tres “tiffossi”. No en vano establecerá el récord de la escalada, en 9 minutos 24 segundos, sin haber pedaleado apenas… El público bloquea casi absolutamente la carretera. Trapé le lanza a tumba abierta en el descenso y hace lo que puede en el terreno ondulado que lleva a meta. Entonces, a 7 km. de la llegada, pierde fuelle y es cazado por De Roo, que no ha recibido ayuda en el Sormano y pasó por su cima a 15 segundos del italiano. Juntos, vigilándose de continuó llegan hasta la pancarta de fin de carrera, donde de Roo batirá finalmente a su molesto compañero tras haber realizado los 253 km. de carrera a una media de 35,636 km/h. El “muro” daba espectáculo, pero sus días estaban contados por culpa del comportamiento poco edificante en sus rampas de algunos tifosi italianos. Por todo ello y a raíz del escándalo que se formó entonces, el Sormano fue proscrito de la historia de esta carrera.
LOS "PEORES" DE SUIZA Y AUSTRIA
No cabe duda, Dolomitas aparte, los “colosos olvidados” más duros que alguna vez ha afrontado el ciclismo de competición se hallan en Suiza y Austria. Allí, en el primero de estos dos países, se hallan escaladas tan exigentes como las de Crans Montana, Nufenen (2.490 m.) o Jafferau (2.000 m.), siendo en esta última donde Fuente sufrió una terrible pájara que le hizo perder el Giro del 72. También en Suiza se hallan los no menos exigentes Maloja (1.815 m.), Furka (2.431 m.) y Grimsel (2.164 m.), y el largo San Gotardo (2.094 m.), en cuya ascensión se halla un tramo empedrado de cerca de un kilómetro que, pensado para evitar el derrape por el hielo de los coches que suben y bajan, ejerce un poco agradable efecto batidora en los ciclistas que transitan sobre él. Por este motivo fue bautizado como “La Tremola” (algo así como la tembladora) por la sabiduría popular. Pero, sin duda alguna, uno de los más grandes malos de esta película (con permiso del Kitzbüheler Horn, con 10 km. de pendiente media al 10% y puntas al 17%) es el Grossglockner (3.797 m.), el pico más alto de Austria, cuya carretera de pago, la célebre Grossglockner Hochalpenstrasse, sólo es transitable de mayo a inicios de noviembre, a causa de la nieve. La misma que en la Vuelta a Austria de 2005 y en el mes de julio, arruinó la etapa que terminaba en su cima, casi congelando a ciclistas y seguidores…
Abierto al público en 1935, tras cinco años de obras, la ruta del Grossglockner tiene una longitud de 27,7 kilómetros (cinco de ellos con una p.m. del 10%) hasta llegar a la cumbre del Fuscher Torl (2.428 m. y Hors Categorie en ciclismo). Desde allí se descienden 3 kilómetros para ascender otros 4,5 hasta la cima del Hochtor Pass (2.504 m., 2ª categoría), desde donde se inicia un fulgurante descenso hasta la estación de esquí de Heilingeblut (1.301 m.). Bello y “letal”, este puerto era para José Manuel Fuente “Tarangu”, y según confesión propia: “el más duro que he subido en mi vida”. No en vano prueban en él sus mecánicas (especialmente los frenos y el motor) firmas automovilísticas como Audi o Chevrolet.
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