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EL PAÍS DE BIDASOA: SECRETOS DEL CORAZÓN
Larrun Montxo Armendáriz Bidasoa Cinco Villas de la Montaña Etxalar Gabazko Ibardin Lizarrieta  
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1. Introducción2. Más información3. Ibardin 4. Lizarrieta
Suele ser habitual en esta sección de altimetrías la publicación de puertos de altos coeficientes de dureza, como si la “locura de las cumbres” sólo pudiera encontrar su justificación en la exigencia de un esfuerzo casi sobrehumano para quien está afectado por semejante enfermedad. Permitidnos en esta ocasión que nos salgamos de los cánones tradicionales y presentemos en sociedad el País del Bidasoa, y dos ascensiones sin especiales dificultades, Ibardin y Lizarrieta, pero que encierran para algunos de nosotros inolvidables “secretos del corazón”.
La genial película de Montxo Armendáriz nos narraba en 1996 las andanzas de Javi, un niño de unos nueve años, que lleva a su amigo Carlos hasta un viejo caserón deshabitado en las afueras de la ciudad. El misterio que lo rodea es el inicio de una búsqueda, de un aprendizaje que muestra, a través de la mirada del protagonista, el miedo y la fascinación hacia lo desconocido. También nosotros, en nuestra ya lejana infancia, desentrañamos en el País del Bidasoa nuestros propios “secretos del corazón”. Aunque no se escondían en un viejo edificio, sino en la comarca de “los valles tranquilos” que siempre llevaremos… en la sangre.
EL RÍO QUE NOS UNE
Dicha comarca del Pirineo navarro aparece conformada por Arantza, Igantzi, Lesaka, Etxalar y Bera, las denominadas “Cinco Villas de la Montaña o de Navarra”. Se trata de cinco pueblos con categoría histórica de villas y cuya personalidad ha estado marcada por su proximidad a la frontera francesa y la existencia de los primeros talleres industriales, las ferrerías, entre los siglos XVI-XIX. Todas ellas dejaron de ser, con la llegada de la industrialización, una zona predominantemente rural y es aquí donde se concentra en la actualidad la mayor parte de la industria de la zona norte de Navarra. Pero aún con todo es posible hallar todavía hoy la tranquilidad y el sosiego que, desdichadamente, se ha ido perdiendo en tantos lugares de la geografía hispana. Las cinco localidades aparecen ubicadas a ambos lados del río Bidasoa y su paisaje, de un intenso color verde, se encuentra salpicado de caseríos entre prados, helechales y bosques de pinos, robles, hayas y castaños. Este río truchero y salmonero nace en Erratzu, en el cercano valle del Baztán y con este nombre se le conoce hasta la localidad de OronozMugairi. La denominación actual del río, Bidasoa -de bide, camino y Oiasso-, podría aludir a que, a partir de ese punto, la ruta desde Pompaelo (Pamplona) a Oiasso terminaba bordeando ceñidamente el río a causa de la abrupta orografía. Era, pues, el Bidaoa el camino tradicional a la civitas portuaria de los vascones, situada en su desembocadura, en el emplazamiento de la moderna ciudad guipuzcoana de Irun, convertida durante el Imperio Romano en un importante centro de comunicaciones y de comercio del norte de Hispania. Y todos y cada uno de esos cinco pueblos del tramo final de sus 69 kilómetros de longitud total, asentados en sus respectivos “valles tranquilos”, rinden desde siempre su silencioso homenaje al “río que los une”.
Es Bera o Vera de Bidasoa la última localidad de las Cinco Villas y la mayor en número de habitantes, con cerca de 3.700 vecinos. Sobre el significado etimológico de Bera existen dos explicaciones tradicionales: la que considera que el origen del topónimo proviene del euskera y la que defiende su origen romance. En el primer caso, el topónimo provendría de la palabra euskérica behera, que significa parte inferior y que suele aparecer formando muchos topónimos vascos: curiosamente Bera es el municipio navarro situado a menor altitud. Otros consideran que el nombre deriva más bien del castellano vera (orilla), aludiendo precisamente a su localización a orillas del río Bidasoa. Si bien es cierto que no será hasta el siglo XIX cuando se extienda la costumbre de escribir el nombre de la localidad con “v”, habiéndose escrito antes con “b”. Bueno, en fin, lo de siempre. Sería, por tanto, esta localidad tan discutida la cabeza de las Cinco Villas y la verdadera cuna de nuestros particulares “secretos del corazón”. Y es que en Bera se encuentran los orígenes de quien escribe, pues la abuelita Victoria vio aquí la luz y en sus calles y hermosas plazas acabó enamorándose de mi abuelo Tomás, nacido en las lejanas tierras conquenses.
¡Qué recuerdos de la niñez cuando el “abuelito” nos contaba los paseos con Pío Baroja y las historietas del contrabando! La de cosas que no aprendería mi abuelo del vitalista escritor donostiarra caminando por el barrio de Altzate hasta llegar al Palacio de Itzea, residencia familiar de los Baroja; cuántas serían también las veces que escucharían mis abuelos el brillante sonido del órgano parroquial de San Esteban llegado a Bera sólo unos años antes o se quedarían mirando las pinturas de la fachada neoclásica del Ayuntamiento en la Plaza de los Fueros. Como estoy seguro de que Tomás oiría de labios de mi abuela la leyenda del caserío Alkaibeherea del que se cuenta que antaño se solían quedar por la noche siete u ocho muchachas a deshojar maíz. Pero sucedió una vez, que la joven del caserío porfió con las demás que era capaz de traer del monte una rastra que tenía para el trabajo. Salió a buscarla, pero nunca más volvió. Los de la casa oyeron una tétrica voz que decía: “Gauna gabazkuentzat, eguna egunazkuentzat; Alkaibehereko neskatxa guretzat”.- “La noche para el de la noche, el día para el del día: la muchacha de Alkaibeherea para nosotros”. Dicen que la secuestró el genio Gabazko, y que la rastra cayó vertiginosamente sobre una de las ermitas de Bera. ¡Qué miedo pude pasar de niño escuchando estas historias! Leyendas, amoríos, tertulias, paseos, …”secretos del corazón” que siempre irán conmigo y que rememoro cada vez que acudo a la concurrida Marcha Cicloturista que porta orgullosa el nombre del ciclista navarro más universal, Miguel Indurain. Como universal es también hoy el txirrindulari más carismático que ha dado la popular villa beratarra, el sin par Patxi Vila (¿se nota que somos amigos?). En las mismas calles de Bera da comienzo la ascensión al primer puerto de nuestra oferta, el de Ibardin, con el “postre” de las terribles rampas que llevan hasta las Ventas del alto: no os vais a quedar con ganas de más, especialmente si echáis una mirada a vuestro alrededor y contempláis el espléndido panorama. Y La alargada hilera de molinos de viento en la crestería. en el centro de la escena que estamos admirando, serena, majestuosa, bella, la montaña sagrada de los vascos. Varias son las denominaciones con las que se la conoce: Larrun, Larun, Larhun y La Rhune, pero cualquiera de ellas, al igual que los frascos de perfumes pequeños, concentran toda la esencia, el atractivo del que a juicio de muchos es uno de los montes más hermosos de Euskal Herria. Larrun, cuya cima a 905 metros de altitud está atravesada por la frontera hispano-francesa, es lugar de culto de los primeros druidas, de meditación de los ermitaños, de ritos, de brujería... al igual que la cercana Zugarramurdi.
Asimismo, Larrun fue también teatro de los enfrentamientos entre los ejércitos de Napoleón, de los que aún subsisten vestigios de sus reductos, y las tropas inglesas del Duque de Wellington. Un monumento en la cima nos recuerda la presencia en la misma de la emperatriz Eugenia, aunque también la han pisado Víctor Hugo, Pierre Loti, Francis Jammes, Napoleón III... Y es que este último eslabón de la cadena pirenaica, a tan sólo 9 km. de la costa, continúa ofreciendo hoy el contraste de la tierra y el mar y atrae constantemente a los montañeros bidasotarras o a los domingueros que hollan su cumbre los fines de semana de buen tiempo en el tren cremallera que parte del Col de St. Ignace por la vertiente norte de la montaña. Larrun esconde a su vez muchos secretos de mi adolescencia, cuando en compañía de los amigos de la colonia de vacaciones en San Juan de Luz ascendíamos todos los veranos a pasar momentos inolvidables que hoy, en la distancia, se valoran mucho más. Todos ellos siguen siendo todavía algunos de mis más apreciados “secretos del corazón”.
EL SECRETO DE LAS PALOMAS
Pero he dejado para el final el secreto más entrañable y que, ¡mira por dónde!, ha acabado por contagiar con mi misma locura a mi amigo Ander, inseparable compañero en esta aventura de APM que hace años iniciamos juntos. Dejadme que os cuente, arrastrado por la emoción que me proporcionan los recuerdos, dónde se inició mi pasión por la bicicleta y por los puertos. No sé si esto puede interesar a alguien, pero si solamente sirviera para atraer a la bonita villa de Etxalar a alguno de vosotros, lectores, ya habría merecido la pena el descubriros algunos de mis siempre queridos “secretos del corazón”. Etxalar, rodeada de montañas y con una población de unos 850 habitantes que se dedican mayoritariamente a la ganadería, se asienta en un solitario y alejado valle atravesado por la regata de su mismo nombre, deudora del Bidasoa. Vista desde lejos, se muestra como una serie de blancas y sólidas casas de rojos tejados, entre los que sobresale la iglesia y un enorme torreón, rodeado todo de montañas de verdes praderas. Un paseo por sus alrededores mostrará la gran variedad de su caserío, formado por numerosos y apartados barrios que nos llevarán indefectiblemente a su plaza, al frontón y a la parroquial de La Asunción, un edificio de grandes proporciones, realizado en piedra con planta de cruz latina y bóvedas de crucería estrellada. En la parte trasera se conserva un crucero que pertenece a la primera mitad del siglo XVIII, tallado con motivos bíblicos. Pero si hay algo que de esta iglesia haya permanecido imborrable en mis recuerdos infantiles, es, sin duda, su antiguo cementerio, que conserva algunas de las más bellas estelas funerarias vascas: son como pequeños monolitos de piedra rematados en gruesos discos, algunos con la antigua cruz de la mitología vasca, el lauburu.
Con todo, si por algún motivo es conocido Etxalar, lo es por las palomeras (usategiak), en las que se sigue utilizando el sistema de caza de antaño, la pasa de la paloma, documentado desde el siglo XV y mantenido hasta hoy. A pesar de que este método de caza está prohibido en España, aquí se ha logrado mantener gracias a la tradición y afición existentes en el pueblo.
Dichas palomeras se encuentran situadas en el collado ubicado entre los montes Larun y Peña Plata (Atxuria), entre Etxalar y Sara, y en la frontera entre Navarra y Lapurdi, concretamente en la ladera del monte Iarmendi (509 m.), conocido como “Txori lepo”. A lo largo de la historia de las palomeras muchos son los periodistas y escritores, tanto del entorno como del extranjero, que han mostrado interés en esta modalidad de caza. Por el lugar también han pasado personajes conocidos a nivel mundial: en 1868 estuvo el emperador Napoleón III y, posteriormente, Alfonso XII y sus hijos solían aparecer de vez en cuando a pasar unas jornadas en la montaña. Y, ya que hablamos de ciclismo, hasta hemos llegado a ver por aquí al Miguel más famoso del mundo de la bicicleta.
Pues bien, en las innumerables curvas del collado de Lizarrieta, que es al que nos estamos refiriendo, es donde un niño bilbaino de apenas 6 ó 7 años, lleno de miedo a lo desconocido (os podéis imaginar que entonces por allí no pasaba ni un alma) y a la bronca que le esperaba en casa como se enteraran de que se había atrevido a escaparse con la bici, experimentó el inicio tembloroso de una búsqueda, de un aprendizaje, y se dejó llevar por la fascinación de lo que para él eran las cumbres más altas y los puertos más duros del mundo. De aquellas escapadas vespertinas, casi anocheciendo para pasar más desapercibido y que nadie se chivara, de aquellos “secretos del corazón”, a la “locura de las cumbres” que hoy me tiene atrapado no van más de…50 años. Y no son nada. ¿O sí?
EL PLACER ES NUESTRO
- Localización:En el mismo centro de Bera de Bidasoa, en su barrio de Altzate, deberemos tomar la desviación que señala Francia por el Col de Ibardin. Es la NA-1310.
- Especificaciones: Buen suelo, anchura suficiente y señalización horizontal para una ascensión entre sombras y praderas. El tráfico no supone ninguna dificultad añadida. Fuentes: aunque hay varios bares y restaurantes en el alto, será mejor que llevemos el agua obtenida, antes de iniciar la subida, en alguna de las fuentes municipales de la villa beratarra.
- Descripción: Durante varios años estuvo en su cima el final de una las etapas más decisivas de la Vuelta al País Vasco, pues sobre sus rampas solían dirimirse duras pugnas por el liderato de la afamada y competida prueba profesional. Pero nosotros hemos venido hasta aquí en busca de otro tipo de experiencias, en este caso mucho más reconfortantes. No se trata de sufrir para seguir la rueda de los más fuertes, sino de disfrutar de una subida ciertamente agradable y con un final…de “pegolete”. Lo mejor será que empecemos por dar un tranquilo paseo en bicicleta por las calles de la villa, que admiremos sus casas, sus blasones, los aleros de los tejados, sus balcones, los márgenes de la regata de Zia y que vayamos encargando para nuestro regreso un suculento menú en cualquiera de sus restaurantes, que en cualquiera de ellos se come muy bien y en cantidad, claro, que es lo que importa en nuestro caso de esforzados sufridores de las dos ruedas. Cuando ya nos sintamos suficientemente imbuidos del ambiente beratarra, dirijámonos en busca del Col de Ibardin dejando a nuestro paso el palacio de Itzea la residencia que los Baroja adquirieron en 1912 y que se ha convertido en la residencia de toda la saga de fecundos artistas. Es en ese punto donde da comienzo una ascensión de poco más de 6 km. que nos lleva, sin especiales sobresaltos, hasta el collado de acceso a Francia y la costa lapurtarra. La pendiente se mantiene regular en torno al 5% y no nos va a pedir que nos centremos en el esfuerzo, sino que, bien al contrario, nos permitirá gozar de unas vistas maravillosas siempre con el Monte
Larrun al fondo, como señor absoluto de todo el entorno. Sólo un par de herraduras y un Área Recreativa a nuestra derecha nos servirán de referencia cercana, si conseguimos evadirnos de la contemplación absorta de la montaña sagrada. Al alcanzar el collado, a 314 m. de altitud (el cartel está equivocado), aún deberemos realizar el primer esfuerzo serio si queremos coronar, a nuestra izquierda, en el punto más alto de la carretera que atraviesa las Ventas de Ibardin. La prueba profesional citada no llegaba hasta ese punto, sino que finalizaba entre los edificios de souvenirs –mejor llamarlos así, porque la mayoría de los visitantes proceden del país vecino-, bares y restaurantes. A medida que vamos venciendo las rampas, ahora sí claramente por encima del 10%, iremos abriendo la perspectiva sobre la costa del Golfo de Vizcaya. Una explanada de parking nos invita a detener nuestro pedaleo pero, si de verdad queremos gozar de un mirador privilegiado, deberemos tomar a la izquierda la pista asfaltada que continúa hacia la Venta Elizalde, la de más arriba de todas. Pero, cuidadín (que diría aquél), que en este tramo definitivo la rampa se acerca peligrosamente al 20% y eso sólo está al alcance de los que tengan más fuerza…o mejor desarrollo. Y ahora sí: a disfrutar de uno de los más espléndidos panoramas que observarse puedan sobre la costa vasca. El placer es nuestro, ¿verdad?
LA PROMESA DE UN NIÑO
- Localización: Abandonamos la NA-121-A en dirección a Etxalar, junto al hotel del mismo nombre, para tomar la NA-4400.
- Especificaciones: Es una carretera de montaña, estrecha pero bien asfaltada, que entre continuas sombras va serpenteando por la ladera montañosa en busca del paso hacia el norte. Tráfico inexistente, salvo los fines de semana.
- Fuentes: La mejor es la que está a la salida del pueblo, nada más pasar el río Tximista.
- Descripción: No recuerdo con exactitud si eran 6 ó 7 los años que tenía cuando me aventuré, en una tarde inolvidable, a pedalear con aquella Abelux tamaño niño que me habían traído los Reyes, por la carretera que sube a las palomeras de Etxalar. Lo que no he podido olvidar es que me sentía más fuerte que el mismo Loroño (ya sabéis, a uno, que le tira la tierra), dando pedales como un desesperado por aquellas innumerables curvas mientras el sol se iba ocultando tras la montaña y apenas si podía ver 20 metros más adelante. Cuando, por fin, vencido por la falta de luz más que por la dureza de la escalada, decidí que era hora de darme la vuelta y llegar a casa de mis tíos sin que se dieran cuenta de mi ausencia (y sin que mis primos, Jose Mari y Lourdes, se impacientaran y lo contaran todo), me prometí a mí mismo que no me podía hacer mayor sin haber conseguido llegar en bici hasta las Palomeras. Tuve que esperar a los 18 años para repetir aquella escena, pero esta vez de día y por la vertiente francesa, la de Sara, que luego he comprobado que es más dura. Mi infancia había acabado, pero mis sueños de niño me habían llevado de nuevo hasta ese collado de Lizarrieta. Por eso, si os digo que este puerto es uno de los más maravillosos que he subido en mi ya larga vida de cicloturista, no os engaño, porque, cada vez que me acerco a subirlo de nuevo, reconozco que mis sensaciones de niño siguen ahí, en el corazón, y que la subida es, de verdad, una gozada. Muy llevadera, pero una auténtica gozada. Esos algo más de 11 km. que desde el cruce con la carretera de Vera (así lo escribíamos entonces) hasta llegar a la aduana, en la que los guardias civiles me daban algún sobre para bajárselo al cuartel del pueblo (ya veis qué sistemas de correo usaba la Benemérita en la época), siguen estando como en mi niñez, igual de suaves y en continuas sombras. Hay cosas que no cambian…y que sigan así.
Lo que tampoco ha cambiado en exceso es la tradición de las palomeras que, año tras año, concentran a muchos cazadores y curiosos que se dejan llevar también como yo, por ese corazoncito que les llama a conservar una costumbre que ya sólo se mantiene aquí, en Etxalar. Suenan los irrintzis (gritos) avisando de la llegada de las bandadas y todos los ruidos cesan. Luego, desde las rústicas torres de observación vuelan cortando el aire una especie de paletas que, al decir de los expertos, hacen el mismo ruido que los gavilanes. Las palomas, asustadas, bajan su vuelo y son atrapadas en las enormes redes preparadas a lo largo de la entrada del valle. En esto, someramente, consiste el método de caza artesanal de palomas torcaces que se sigue practicando todos los años, a finales de octubre, en esta localidad navarra, como último reducto en Europa. La subasta por cada puesto suma muchos millones de pesetas y los derechos de los cazadores deben ser respetados. Hay tiradores que se concentran durante días, incluso semanas, a la espera de que lleguen los bandos, aunque es verdad que cada vez quedan menos entusiastas dispuestos a pasar frío. Las escopetas han ido sustituyendo a las redes y ahora sólo algunas personas mayores se acuerdan de cuando, a finales de octubre de 1942, se capturaron 1.800 docenas y de aquella tarde del 29 de octubre de 1952, en que cayeron 192 docenas. Hoy apenas se capturan treinta por temporada. Hay cosas que sí han cambiado. Pero ya lo veis en la altigrafía, apenas un kilómetro al 5% antes de llegar al pueblo de Etxalar tras ligero descenso y los 7 km. finales no superan más que rara vez el 7% en alguna ¿rampa? puntual: no es de extrañar, pues, que hasta mi Abelux pudiera con ello. Pero lo que siempre sigue en su sitio es la soledad de la ruta, la paz de la montaña y la belleza de un paisaje sin igual. Quien quiera sentirse de nuevo niño, que se acerque a Etxalar y luego nos cuente.
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