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VUELTA A ESPAÑA: CARRERA DE PRÍNCIPES

Ciclismo en Ruta nº 041

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1. Introducción2. Más información3. Hinault y Zulle

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La nuestra, que dirían algunos, ya llega. Tras Giro y Tour, la Vuelta a España cierra el año más convulso del ciclismo en cuando a grandes pruebas se refiere, luego llegarán los mundiales y el cierre a otra temporada en arenas movedizas. En lo que a la historia se refiere, y a diferencia de sus homólogas en Italia y Francia, la ronda ibérica no cuenta con grandes dominadores en su palmarés. La Vuelta es una carrera de príncipes, no de reyes.

Si repasamos el extenso cuadro de honor de la Vuelta, con raíces allá en 1935, vemos que sólo ocho ciclistas han logrado repetir éxito. Ello no va en demérito de un cuidado elenco de ganadores que incluye lo mejor de cada época. A saber: Loroño, Stablinski, Altig, Anquetil, Janssen, Gimondi, Merckx, Ocaña, Zoetemelk, Herrera, Kelly, Jalabert y Ullrich, entre otros muchos. Sin embargo, se hecha de menos a hombres récord como Lance Armstrong, con siete victorias en el Tour, o Alfredo Binda y Fausto Coppi, con cinco triunfos cada uno en el Giro como Merckx. En la Vuelta, Tony Rominger y Roberto Heras, ciclistas además de tiempos muy recientes, teniendo en cuenta que hablamos de la carrera septuagenaria, brindan con tres victorias el honor de ocupar el peldaño más alto de la historia de una carrera que tiene ganadores por partida doble en Gustave Deloor, las dos primeras además, Julián Berrendero, las dos siguientes a Deloor, José Manuel Fuente, Bernard Hinault, Pedro Delgado y Alex Zülle. Entre estos ochos personajes del ciclismo mundial queremos hilar lo que ha sido la historia de la principal carrera de un país, España, que siempre ha demostrado debilidad por los esfuerzos de tres semanas.

ROMINGER, SUIZO CON ALAS ASTURIANAS
En 1992 aterrizaba en el Clas-Cajastur un suizo procedente del ciclismo italiano con apellido ilustre. Tony Rominger era la nueva apuesta de Juan Fernández para liderar un proyecto con incipientes valores tales como Olano y Escartín junto a personajes ya consagrados del nivel de Etxabe, Unzaga, Gastón y Mauleón. Con esos mimbres, el conjunto financiado por las lecheras astures se presentó en la Vuelta de 1992. Con esos mimbres y con el desconocimiento general de lo que Rominger podría ser capaz de hacer.

El suizo se situó poco a poco entre los mejores, salvando jornadas terribles como aquella de Luz Ardiden, donde lejos de protagonizar su habitual “mal día” salió reforzado. Previo paso por los Lagos, Rominger lo tuvo todo en su mano para tomar el liderato en la crono final frente a Jesús Montoya y no falló. En Fuenlabrada se abría entonces el capítulo más glorioso de la más joven de las tres grandes. Un año después, las cosas no resultaron tampoco sencillas. A Rominger le salía un rival respondón en el nuevo talento suizo, Alex Zülle. Éste marcaba diferencias en las primeras etapas, con una crono en Navacerrada soberbia, para en el paso por Pirineos y sobre todo en La Demanda, ceder el mando a su veterano compatriota. El mal tiempo reinante en esa edición tuvo mucho que ver en el desenlace. Bajando la Cobertoria, Rominger forzaba la caída de Zülle, mucho menos avispado en tramos de tal dificultad. El dorsal 1 arribaba en solitario al Naranco en una fiesta con himno asturiano y sidra en las cunetas. El final en Santiago, a pesar de una nueva exhibición de Zülle, no deparó sorpresas. La de 1994 fue la victoria más clara del suizo. Destacado casi de salida, y luciendo los colores del Mapei, Rominger se dedicó a “machacar” literalmente a sus rivales para firmar seis triunfos parciales, veinte días de liderato, es decir todos, y más de siete minutos sobre Mikel Zarrabeitia. Poco más que añadir. El ave helvética volvería a la Vuelta para ser tercero en 1996, un año después de ganar su primer y único Giro.

EL RÉCORD DE ROBERTO
Fue un salmantino de Béjar quien llamó a la puerta del olimpo de la Vuelta para ocupar con Rominger el puesto de privilegio en la historia de la carrera. Roberto Heras ganó en la carretera cuatro Vueltas, pero como le ocurrió a Arroyo, los controles le recortaron el terreno conquistado, ciñéndose a tres. Sea como fuere, las tres victorias de Heras en la Vuelta han tenido un común denominador: la montaña. En ese terreno, como no podía ser de otra manera, el pequeño escalador de la sierra salmantina fue claro jefe.

En 2000 sumó su primer éxito. El mismo giró entorno a la subida al Angliru. La pared astur fue coto de los mejores escaladores. En ella ganó Simoni, y en ella Heras metía un mundo a Casero y Tonkov. Rodeado de un magnifico Kelme integrado por Rubiera, Serrano, Botero, Sevilla y Escartín, entre otros, el bejarano vistió de oro por primera vez a su llegada a Madrid. Este éxito, añadido a su gran prestación en el Tour, le valió el contratazo de Armstrong en el US Postal. Fue en el equipo norteamericano donde Heras volvió a saborear las mieles del maillot dorado. Habían pasado tres años desde el primer éxito, por medio quedó su desastrosa crono final que le valió la segunda plaza en 2002 tras Aitor González. La de 2003 fue una carrera rara, muy rara, condicionada, más que por las buenísimas prestaciones de Heras, por el desbarajuste de Isidro Nozal. Sólo así se acierta a explicar cómo el cántabro perdió una enorme renta en el último tramo de carrera a favor de un Heras que entre Navacerrada y Abantos enjuagó el colchón de la baza de la ONCE en su última Vuelta.
Curiosamente fue esa infraestructura, ya con el nombre de Liberty, la que ayudó a Roberto a sumar su tercera victoria sólo un año después. Inédito en el Tour, el salmantino se rehizo a tiempo de defender con triunfo el dorsal nº 1, dando especial relevancia a una subida que conoce muy bien, La Covatilla, de donde salió airoso de otro de los tocados por el dopaje: Santi Pérez. Antes de ganar por primera vez, Heras ya había demostrado que ésta era su prueba predilecta. Desde que ganó en El Morredero en 1997, no paró de progresar hasta llegar al podio en 1999 tras Ullrich e Igor González de Galdeano. En ese sentido, es preciso recordar que el menudo escalador salmantino ha sido dos veces sexto, una quinto, otra cuarto, tercero en una ocasión, segundo en otra y ha ganado tres veces. Nadie atesora tal historial en la Vuelta.

DELOOR Y BERRENDERO, LOS PIONEROS
1935, 29 de abril. La España de la preguerra lanzaba al mundo su mejor carrera a imagen y semejanza de Giro y Tour, aunque con experiencias más cercanas en pruebas de aquí y ya existentes como la Volta a Catalunya o las vueltas al País Vasco y Valencia. Con esa premisa, partía rumbo a lo desconocido desde la madrileña Puerta de Atocha medio centenar de ciclistas. Más de 3.400 kilómetros en poco más de dos semanas de competición les esperaban.
Pese a la no presencia de los grandes del momento, sí que acudió un belga llamado Gustaaf Deloor que, como Garin y Ganna en Tour y Giro, respectivamente, tendría el honor de abrir el palmarés de la tercera grande en nacer. Para tal privilegio Deloor tuvo que enconar el hombro frente al rocoso navarro de Olite, Mariano Cañardo. Un año después la rivalidad entre ambos quedó en quimera. Un perro se cruzaba en el camino de Cañardo e impedía el duelo. Éste fue fraticida, porque Deloor tuvo que enfrentarse a su hermano Alphonse, segundo al final.

Cinco años de forzosa excedencia, con una trágica Guerra Civil de por medio, marcaron la continuidad de la Vuelta. Ésta retornó con una dictadura ya establecida y con una esperada estampida de extranjeros. Sólo cuatro inéditos suizos se atrevieron con la salida de 1941. Para mitigar esa aparente falta de alicientes, la carrera tuvo su eje en un duelo futbolero: el Espanyol de Berrendero vs. el Barça de Cañardo. Serían los primeros quienes acabarían por llevarse el triunfo. Berrendero se hacía en Salamanca con el primer liderato en juego para recuperarlo y no perderlo tras la crono de Oviedo. La sensación de aquella carrera se llamó por eso Delio Rodríguez, con doce triunfos etapa, seis de ellos consecutivos. Julián Berrendero volvió a la Vuelta para sumar su segunda victoria al año siguiente con mayor superioridad si cabe. El madrileño envió a Diego Chafer más allá de los ocho minutos y al tercero, Antonio Andrés Sancho, por encima de los trece. Berrendero, líder de principio a fin, logró un singular registro que sólo Deloor, Rominger, Zülle y Heras en setenta años han logrado: ganar dos ediciones de forma consecutiva.

FUENTE Y DELGADO "GRIMPEURS" DE CASA
Como Berrendero y Heras, los otros dos héroes nacionales en la historia de la carrera han sido escaladores: José Manuel Fuente y Pedro Delgado. El primero de ellos ha sido por derecho propio una de las personalidades de nuestro ciclismo no sólo en el ámbito doméstico. Sólo la mala suerte, o quizá también su visceral forma de entender la estrategia ciclista, le ha privado de tener más grandes en el zurrón. Valorar a Fuente sin el equipo Kas sería, no obstante, sesgar la historia. Alrededor del “Tarangu” estuvo uno de los mejores bloques que se recuerdan en el ciclismo y que el año de su primera victoria (1972) dominó la carrera a su antojo. A Fuente le acompañó en el podio su compañero Miguel Mari Lasa, como segundo. Aquella edición tuvo un antes y un después de Formigal, donde el asturiano dejaba al pelotón a seis minutos y la carrera sentenciada. Dos años después -en 1973 ganó Merckx sin Fuente en carrera-, el asturiano se adjudicaba su segunda Vuelta con mayores dificultades, sobre todo por la gran labor de Joaquim Agostinho, quien se quedó a sólo once segundos del ganador tras la crono que echaba el cierre en San Sebastián. Si en una carrera Pedro Delgado se ha sentido a gusto ha sido en la Vuelta. El de Segovia ganó dos ediciones, y pisó el podio en otras tantas. Por su forma de correr, por el entorno, en ocasiones idolatrándole hasta la irracionalidad, por los trazados... Delgado se encontraba en la grande española cual pez en el agua.
Falló a su cita el año de su asalto al Tour, 1988, y ello costó un disgusto a la organización y afición. Entre sus dos triunfos pasaron cuatro años. Al segundo llegó como vigente poseedor del maillot jaune. Su primera Vuelta fue una carrera que controló en todo momento, con victorias claras en instantes clave como la llegada en alto a Cerler, rodeado de colombianos, y las dos cronos, una en subida en Valdezcaray, como hiciera en Villard de Lans en su victorioso Tour, y otra llana en el centro de las Castillas, en Medina del Campo. Pero tanto control no escapó al descontrol final con un susto casi a domicilio, muy cerca de su casa segoviana, en la Sierra de Madrid. La trama colombiana entorno a Fabio Parra puso al líder más allá de sus fuerzas y fue la milagrosa aportación de Ivan Ivanov quien salvó los laureles de Perico. Evidentemente, las suspicacias se dispararon entorno al inestimable cable que el ruso echó al ganador final.

Cuatro años antes, Pedro Delgado había abierto su currículo de grandes triunfos en la Vuelta. Fue una edición rara, con un desenlace de esos que se da uno cada diez o veinte años. La historia también aconteció en la sierra madrileña. A pesar de haber sido incluso líder tras los Lagos, el segoviano afrontaba las últimas jornadas a seis minutos del maillot amarillo Robert Millar. Éste, obsesionado con la rueda del escarabajo Pacho Rodríguez, no reparó en el movimiento de Delgado junto a José Recio a más de 60 kilómetros de meta, una vez coronado Navacerrada. Ambos trabajaron para cimentar uno de los capítulos más emocionantes, a la par que desconcertantes, del ciclismo moderno. Las consecuencias fueron cruentas para el escocés de larga melena: de los 6’13” de ventaja del ciclista del MG se pasaba a 36 segundos a favor de Perico, los justos para ganar la Vuelta.

HINAULT Y ZULLE, PRESTIGIOSO FORÁNEO
De los más grandes del ciclismo mundial, el bretón Bernard Hinault ha sido sin dudarlo quien más empeño y mejores recuerdos ha proporcionado a la carrera. Ganar también ganaron Anquetil y Merckx, pero ellos lo hicieron sabiendo que en el horizonte quedaban objetivos de mayor calado. Nunca hicieron de más por estar en la salida de la Vuelta y cuando estuvieron, lo hicieron convencidos de su victoria.
Sin embargo, el que a día de hoy ejerce de relaciones públicas en los podios del Tour apostó el todo o nada en esta carrera llegando incluso a reventar sus propias capacidades, con el consiguiente sacrificio de resultados que ello le supuso. Porque Bernard Hinault ganó la Vuelta más hermosa de la historia. Tras haber tocado fondo en todos los aspectos, la carrera tuvo en 1983 por primera vez televisión para comprobar que las miserias de este deporte a principios de los ochenta –sólo un año antes Ángel Arrollo había sido desposeído del triunfo por un positivo- se podían combatir con buen ciclismo.

En la cronoescalada a Panticosa, el emigrado Marino Lejarreta lograba el primer golpe de efecto de la carrera. Fue por eso un golpe de consecuencias limitadas, porque camino Soria, como reza la canción, un abanico le bajó a los infiernos para rehacerse en la primera ascensión a los Lagos. A pesar de eso, la andanada más poderosa la daría Hinault en la sierra abulense. Aún recuerdan los pedruscos de Serranillos tal exhibición, en la que el francés, aún a costa de una tendinitis que le privó del Tour, se vació, con Lejarreta y Belda a rueda, para sentenciar la Vuelta. Mucha menos emoción tuvo la edición de 1978, donde Hinault ganó con mayor comodidad la que fue la primera de sus grandes victorias, incluso por delante de sus cinco Tours. Como Tony Rominger, Alex Zülle fue otro suizo que encontró su mejor golpe de pedal en la Vuelta. Gracias a ambos, la década de los noventa fue con cinco victorias helvéticas, más la francesa de Jalabert, la italiana de Giovanetti y la alemana de Ullrich, la de mayor dominio foráneo en la carrera. Alistado en la ONCE, Zülle encadenó de forma consecutiva dos triunfos en 1996 y 1997.

Su primer éxito tuvo la desgracia de coincidir con ser la última grande en la que tomó parte Miguel Indurain. El navarro se apeó de su bicicleta antes de los Lagos justo el día en el que Zülle y Jalabert reventaban la carrera a su favor plantándose solos en la cima. Sería una afección vírica que afectó a todo el equipo amarillo la que provocaría que, siendo Jalabert líder, Dufaux lanzara un ataque a gran escala camino de Ávila del cual se beneficiaría Zülle. Al final, podio suizo con Zülle, Dufaux y Rominger, por este orden.
Un año después, Zülle no necesitó de tanto factor exógeno. Tomó el liderato en la crono de Córdoba y mantuvo a ralla a su principal peligro, Fernando Escartín, quien además trabajó y mucho para ocupar el segundo peldaño del podio, que parecía en manos de Dufaux. A pesar de atesorar sólo dos triunfos, Alex Zülle es el ciclista que mayor número de maillots amarillos colecciona, hasta 35 días vistiendo ese color.

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